Cuando el sueño del padre y un hijo torpe caen sobre tierras Ícaras se llama la atención de una metáfora a la sensación de armonia con el corazon y la sangre. El vuelo se lanza con promesas y esperanzas de llegar al paraíso, con alas bordadas con aleaciones de humo y oro, y las mas pequeñas plumas adheridas con grasa y cera. La ironía de querer llegar mas arriba o asumir al máximo el deber de amar, redobla como un chasco al querer llegar al paraíso sin saber que hay que atravesar el sol. Pude (y tengo el orgullo de decirlo) llegar al paraiso y no quemarme mis alas, pude encontrar a los ángeles tocar violas y llegue a ver al mismo dios que tanto admiro y adoro. En cuanto mas enamorado me sentía mas me dolían las alas y la grasa quemaba mis tobillos. En medio de la fuga de la realidad al erotismo cai en aguas jónicas y me ahogué y morí.
Cai en el mar con los tobillos destruidos, las alas ardiendo y el corazón en completa detención.
El vuelo de Ícaro retomo su rumbo otra vez, sin padre arquitecto.
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